miércoles, 20 de mayo de 2015

El Prisionero

Generalmente, es en vano el tratar de convertir en palabras las revelaciones y nociones que concebimos de la vida. Las palabras que existen, en cualquier idioma, me parecen obsoletas y con falta de significado para describir eventos de tales magnitudes y las que no existen, mi mente aun no es capaz de percibirles o concebirles. Este únicamente pretende ser el relato de un momento de iluminación con el cual no pretendo exponer nada más que mi propia confusión.

Desperté de pronto, repentinamente y de golpe. Como quien vuelve en si luego de haber experimentado lo extra sensorial de un sueño vivido. Con violencia, la realidad cayó sobre mí como un balde de agua fría. Observe con profundo sosiego y terror el ensordecedor silencio y la profunda oscuridad en la cual desperté. Este no podía ser el mundo real, el mundo de la gravedad y las leyes físicas era un lugar ajeno a las emociones. Mi cuerpo flotaba por las dimensiones de lo insoluble, de la tacita realidad que se iba escapando de entre mis dedos como granos de sal.

Me incorpore lentamente y la habitación se alargó infinita hacia las penumbras misteriosas del mas allá de mi ventana. Llegue a las persianas y observe con admiración el silencio muerto, y la inmóvil y profunda oscuridad que nos envolvía a todos. El reloj daba las 3.20 de la madrugada de un lunes perdido en el tiempo y el espacio. Y entonces todo hizo clic, comprendí enseguida que toda mi vida había estado prisionero de fuerzas subjetivas y objetivas que gobernaban mi vida. El pentecostés cayo en mí, la lucidez y claridad de un conjunto escondido delante de mis ojos se hizo presente. Imágenes de mi infancia que eran un eco distante y borroso, se hacían presente de manera nítida y lucida. Las transiciones y etapas de mi existencia aparecían claras para mostrarme desde la distancia lo que era, lo que soy y lo que seré. Comprendí porque desde niño siempre busque la amena soledad en contraste con la tormentosa compañía de otros seres, comprendí porque siempre me fascinaron las estrellas, planetas y misterios escondidos más allá de esta dimensión, que siempre me habían hecho sentir minúsculo e insignificante y también comprendí porque nunca encontré lógico la vibración y ajetreo de las ciudades, así como por qué nunca comprendí a esos seres que deambulaban por ahí caminando, corriendo, manejando o volando. Supe enseguida el por qué siempre cuestione horarios, salarios, vacaciones y estatus. El martillo de la consciencia y el significado cayó sobre mí, de entre la oscuridad, con todo su peso y autoridad.

No sé si fueron siglos o segundos los que estuve ahí, observando la ilógica calma. Los carros uno tras de otro y siempre el mismo, las casas en fila una tras otra siempre la misma, construyendo calle tras calle siempre la misma, que una tras otra formaban el laberinto en el cual existía. Me sentí acorralado por calles, avenidas y bulevares cuyas intersecciones eran los cuadrados diseñados únicamente para mantenerme dando vueltas en círculos toda mi vida y no poder escapar. Los faroles cuya luz iluminaban tenuemente agujeros de otras existencias y otras horas que se escondían detrás de los muros, puertas y ventanas que construimos para manteneros aislados, más que de la sociedad de nosotros mismos, eran portales que vibraban delante de mí y me mostraban que yo no era el único viviendo prisionero en este mundo. No pude aguantar tanto, sentí como si me asfixiase y luego tuviese ganas de gritar con todas mis fuerzas, para tratar de escuchar mi propia voz. Al no poder aguantar la despiadada crueldad de las otras celdas, del pavimento y de la oscuridad voltee y observe las formas y volúmenes que se revelaban a medias por el juego de luces y reflejos que provenía de los faroles de la calle y las paredes de mi apartamento. Al observar lo que había ahí dentro, terrorífica experiencia, fue como observar lo que había dentro de mí.

Cuatro paredes que se comprimían en mi lentamente, comprimiendo y sofocando mi espíritu. La gracia de la creación fue tan divina, que nos proveyó un techo con estrellas y otros universos y nosotros lo cambiamos por un obsoleto concreto. Un televisor, una computadora, una cama, un reloj insaciable, un teléfono exigente, una librero y libros susurrando miles de voces, un refrigerador, un microondas, una estufa, un closet con miles de personalidades que se reían de mi apuntándome con sus dedos acusadores. Se reían de mi falta de significado, de mi falta de seguridad y de la falsa modestia con la cual salía día con día a pretender que era alguien más. Murmuraban entre ellos “Debes cuatro meses de tu celular, ¿Cuándo piensas pagarlo?”, “Se acerca el pago de tu carro, ¿ya tienes el dinero?”, “El banco ha estado llamando tratando de localizarte”, “Tus servicios de agua y luz serán cortados si no pagas esta semana”, “Te sacaran a la calle si no pagas la renta dentro de cuatro días” y seguían y seguían lloviendo torturándome. Desde cuando había empeñado mi vida por estas cosas, porque estas cosas me dictaban que hacer. En vez de ser yo su dueño, ellas se adueñaron de mí, poco a poco. Entonces todas esas voces se unificaron y en coro infernal dijeron: “¡Nunca te libraras de nosotros!”. En un ensordecedor estallido, un profundo sonido agudo reestablecería la calma, y seria de noche otra vez.

El lenguaje, los valores, los principios, la ética, las tradiciones y costumbres en las cuales crecí, se habían convertido en una venda que nublaba mis ojos. Estaba condenado a concebir mis más íntimos pensamientos en un solo idioma, a suprimir en símbolos pensamientos y sentimientos complejos. Los valores que servían para restringir el libre albedrio del hombre, etiquetando sus acciones en parámetros los cuales no pueden ser medidos, la grandeza o bajeza del hombre no puede ser medido. Principios los cuales me habían servido de columna durante mis años de juventud, ahora me parecían inútiles en un mundo decadente y hostil, al igual que la ética. Las tradiciones y costumbres que encerraban cualquier poder expresión de un hombre, que no siendo individualista, buscada su propia identidad. Entonces supe porque siempre mi instinto natural fue rechazarlos, el por qué decidí guiarme a través del espectro de falsas religiones, filosofías, idiosincrasias y utopías con mi propio sentido común e instinto.

No pretendo hablar por nadie más que por mí, no pretendo que estas afirmaciones sean trampolín a revoluciones o cruzadas en nombre la libertad, tales cosas para mí no existen. No pretendo que estas preposiciones sean tomadas como verdaderas, cuando en universos tan amplios como el psicológico y el físico cualquier preposición puede ser verdadera. Esta fue, es y será la prisión en la cual únicamente yo estoy condenado a vivir, me toca a mí decidir si realizo lo mejor o lo peor de ello. Estas son únicamente las inquietudes de una existencia llena de incertidumbre e inestabilidad, que esta tan preocupada por los azares y juegos del destino como cualquier otra alma de esta galaxia. Un alma que vive atrapada en un mundo de patriotismo y nacionalismo, de gobiernos y democracias, de instituciones y reglas, de corporaciones y salarios, de iglesias y religiones que no tienen razón de ser en un mundo basado en movimiento y aceleración, de espontaneidad y sorpresa, romántico y salvaje. En un mundo que no comprende odio, racismo, miedo, destrucción, temor, intolerancia y que por el contrario entiende de amor, ritmo, armonía, formas, volúmenes, belleza, honor, coraje y orden natural. Un mundo donde cada pieza cae naturalmente en su lugar, haciendo de este engranaje de flujo y reflujo fluir pacíficamente y regir toda la materia a su amable voluntad.

Mi vida era una contradicción de sistemas que colisionaban entre si violentamente. Sistemas que había estado siguiendo de manera impuesta por quienes manipulan, corrompen y dirigen al hombre a su destrucción. El por qué había asistido quince años a sistemas educativos para aprender algebra, geografía, ciencia y civismo persiguiendo un número, el por qué me levantada cada mañana insatisfecho y aun así iba arrastrando mi peso a la oficina a trabajar durante ocho o nueve horas al día escondido detrás de un escritorio. El por qué me pasaba soñando la vida que quería o la posponía por querer ahorrar y comprar algún otro artefacto innecesario. El por qué sentía que únicamente deambulaba día tras día detrás del flujo de lo absurdo y el conformismo. Del por qué cuando sentía lograr algo, ese momento se me escabullía de las manos, sin tiempo a siquiera saber que ocurrió. Como el resto de mi existencia en este momento, sin saber que ocurrió con ella. Hubo algún tiempo cuando la inocencia aún era parte de mí, donde me visualizaba realizando grandes hazañas, poseedor de grandes destrezas y habilidades e incluso en mis más románticas visiones viajando alrededor del mundo con mi hermosa esposa e hijos empapándonos de culturas, gastronomías y experiencias, así como ayudando al más necesitado. Ese el mundo de los romanticismos y utopías, se hizo presente en ese momento en el cual la alquimia del alma y del universo se hizo presente en mí. Y entonces sin haberme dado cuenta supe que todo este tiempo también había estado peleando de vuelta, negándome a caer en esa corriente y ser arrastrado por ella hasta perderme en la locura.

Quería algo más, quería ver el flujo natural de los mecanismos del universo al desnudo, quería ver como las partículas que componen el micro y macro cosmos vibraban y se complementaban noble, armoniosa y sublimemente en su ritmo danzante. Quería despojarme de las cadenas que este mundo impuso sobre mí, y que se negaba a perder.

En un mundo regido, hoy por hoy, por fuerzas corruptas y malignas, la única respuesta posible es vivir tan intensamente y apasionadamente que nuestra vida se convierta en nuestro grito de guerra. Exigiendo y dando en el eterno intercambio de fuerzas lo correcto y demandando el bien de tales fuerzas oscuras. Esta es la única existencia en la cual pasado, presente y futuro divergen al mismo tiempo y se fusionan en nosotros, yo soy un prisionero que patalea y relincha en su camino al Gólgota. Pues no hay mejor satisfacción que vivir una vida sin miedo, de ternura y coraje aun a sabiendas que en la muerte ha de caducar nuestra voz. Yo fui un prisionero que quiso ajustar el universo a según sus ideales y creencias, que rechazo ser ajustado. Un prisionero que encontró libertad en su celda y su celda se convirtió en libertad. Aunque afuera seguía la espesa y oscura noche, yo sabía que el amanecer estaba a punto de llegar.

Escrito por un anónimo.


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